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UN VAPOR MUY BLANCO NAVEGANDO HACIA LA TRISTEZA
A la memoria de Concepción Molina,
mi bisabuela.
Soy una extraña que reza entre la multitud.
La patrona morenita mira al frente
como yo ante los riscos
presta a saltar desnuda por donde Concha
tomó su vapor
buscarla entre todos y suplicar no se vaya,
que el tiempo de emigrar no contrasta con la noche,
con la maravilla del agua.
Alzo lenta los párpados frente a las vidrieras
como un muchacho pudoroso rogando al mar
una combinación en el espacio
donde no existan lágrimas.
Es mi penúltima luna en Tenerife.
de algún modo
permaneceré anclada a su esplendor,
allí el Puerto de la Cruz asoma sus discotecas.
Pero el océano es un rito que no aciertas a esquiar
en la nieve de mis ojos,
pero el espacio se entrega a estaciones audaces
e impredecibles
y sólo tu voz me salva.
Desagracia asumo una verdad mayor que tu agonía.
Una anciana con los ojos más tristes del cielo
recogió sus ropas de moza,
caminó por las calles
aguardando por un vapor que nunca vino.
No logro distinguir entre la niebla y lloro
porque esta ciudad se me asemeja a un sudario
y no puedo sobornar al tiempo.
Evito el peligro, el amante que no entiende
mis códigos secretos
donde jóvenes y ambiguas pupilas
se adhieren a los cristales
se alejan
como un vapor
navegando hacia la tristeza.
(Tomado del libro De la Remota Esperanza. Editorial Mecenas. 2000)
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